miércoles 30 de enero de 2008

Trabajando con el vacío (modelo de actuación B)


El combate

Música para ascensores, de José Daniel Espejo, no nos coge por sorpresa, ya que nosotros, como su autor, nos enfrentamos a su lectura con los guantes puestos, con la mirada del tigre, con las ganas de querer defender, cueste lo que cueste, lo poco en lo que creemos.

No sé cómo saldrán ustedes de ese combate. José Daniel Espejo no sale derrotado, pero tampoco victorioso, se queda allí, sobre el ring, esperando al siguiente rival, el próximo Negro Rivas que subirá a sacudirle, sin saber si aguantará, pero decidido a no tirar la toalla. Y es que Música para ascensores es, entre otras muchas cosas, un combate. El combate eterno de su autor con la página (llámese ésta taiga, viaje, vacaciones, o desierto de nieve, lo mismo da), el combate eterno contra el máximo enemigo, ese que jamás se rinde, que cuando se agota decide mandar a sus embajadores: el Vacío.

Claro, que el Zorro de Fuego de Tenochticlán no es un cobarde, que va, pese a las dificultades (mares y presión sobre los buceadores, planetas rocosos, enviados especiales, pulseritas de “todo incluido”), el Zorro lucha, se revuelve, mira abajo hacia los lados (allí donde debería estar el público gritando, chillando animado por la pelea) y sigue a lo suyo, aplicando su teoría de La Resistencia.

Las palabras surgen así como objetos que lanzarse, como puñetazos, como miradas, guiños o simples confirmaciones de lo inevitable (escapando en lanchas de salvamento); y sigue allí, el joven aprendiz luchando contra el Vacío, sabiendo, aunque solo sea por un leve instante, que puede salir vencedor de este asalto.

Y eso es Música para ascensores, una victoria sobre el Vacío.

Pero el Vacío, ah, ese enemigo invencible, volverá, porque sabe que sus seguidores son fuertes, y en estos combates (en las Ligas Menores), volverá, si no el Negro Rivas, su descendiente más joven, todavía fresco en la lucha, para golpearnos. Porque la experiencia en la lucha no es nada más que la confirmación de que somos algo más viejos, y estamos algo más cansados, y el más joven enviado del Vacío vendrá a partirnos la cara en el siguiente round, sin que ningún tubo nos sirva para respirar aire nuevo esta vez. Sin embargo, aquí nos quedamos, aguantando lo que venga, sabiendo incluso (de acuerdo que no hay Dios) que no será para siempre, pero apenas que sirva para defender lo poco que queda defendible (las montañas, el camino hacia la playa, la brisa del mar, los pasteles de carne...)

Aquí, frente al vacío, luchando por el honor al que no queremos renunciar; y en la lucha no salir derrotado, ni rendirse.


Fotografía de una réplica del Condesador de Fluzo, aquí.