Llega a casa un paquete postal que me envía Baile del Sol por apuntarme a su newsletter (gracias a Inma Luna y a Ana Pérez Cañamares). En él, como gratas sorpresas, Carlos Pinto Grote, Olga Luis Rivero y Déborah Vukusic, con sus versos, con el olor a nuevo de septiembre (pero es diciembre, sin embargo). Decido comenzar por Guerra de identidad de la Vukusic, a quien había conocido por la antología de David González, La manera de recogerse el pelo; decido, además, escribir a Déborah en el facebook y comentarle esto, que me ha llegado su libro, que tenía ganas de leerlo, que voy a empezar por él esa mañana.
Pero no, esto no es una crítica literaria, no es ni siquiera una lectura, lo que viene a continuación es un reencuentro, un recuerdo, tres impresiones tras la lectura, simplemente eso. Y, por supuesto, un agradacecimiento a tus versos.
1) Slavica se marchó de Croacia con 18 años. Se marchó junto a su hermana Marica. Me contó que se marcharon en autobús, en un interminable viaje, lento, que las llevó hasta Bonn. Me contó que el viaje fue tranquilo; que fue tranquilo porque su padre, al que hacía mucho que no veían, demasiado como para acordarse de él, se apellidaba Simunovic. Me dijo, me contó que Simunovic era un apellido serbio. Me contó que llegaron a Bonn sin problemas porque ambas tenían un apellido serbio del que nada conocían apenas.
Slavica miraba con sus ojos azules las escarpadas montañas de Granada y su cabello negro brillaba al sol del invierno. Estaba terminando un milenio mientras hablábamos de literatura alemana, y leíamos poemas de Günter Eich, y desayunábamos tostadas de tomate y todo lo que me contaba tenía que ver con su dorada juventud en Alemania; salvo los resquicios de las amigas muertas y las tardes de verano sin salir de casa -horas y días sin salir de casa- y la casa de su abuela a la que jamás pudo volver.
2) Es el año 2002. Paseo por las calles nocturnas de Sarajevo. Joseda y Charo se han marchado ya a casa y yo me he retrasado tomando algo con Dragan y algunos cooperantes. Eva y un tipo cuyo nombre no recuerdo se marchan en el taxi del que me bajo. Por varios minutos, que me parecen seguramente más de los que son, me siento desorientado, confundo las calles y los edificios, los columpios de los parques me parecen iguales, como los edificios, como los edificios. No hay nadie por la calle, debe de ser ya muy tarde cuando localizo el edificio donde me alojo y subo las escaleras también vacías. En la televisión siempre ponen telenovelas hispanoamericanas dobladas al servo-croata por un único locutor para todos los personajes. Su entonación es tan neutra, tan poco enfática, que me recuerda la similitud de los edificios del barrio.
3)
PUENTE DE MOSTAR
El agua es verde, de una pureza inmaculada.
Dicen que el arquitecto reconstructor
utilizó el mismo método
que el constructor original hace siglos
para unir los bloques de piedra encontrados bajo el río:
plomo fundido.
El barrio musulmán bosnio
y el barrio cristiano croata
unidos de nuevo por el mismo puente.
Muy cerca, con vistas al río,
se acumulan pequeños restaurantes con terraza
a módicos precios todavía
para un turista medio europeo.
También admiten el pago con euros.
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